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Mortadelo contra Superlópez: ¿quién era el verdadero héroe español?

Había dos formas de ser un crío en España y de soñar con tener poderes. Una era reírte hasta el dolor de barriga con dos detectives patosos y otra fantasear con ser Superlópez. Los comparamos frente a frente.

Imagen ilustrativa de Mortadelo contra Superlópez: ¿quién era el verdadero héroe español?

📅 12 de junio de 2026 · Tebeitos

Había dos formas de ser un crío en España y de soñar con tener poderes. Una era reírte hasta el dolor de barriga con dos detectives patosos que lo destrozaban todo. La otra era fantasear con que tú, un don nadie de oficina, en realidad escondías una capa debajo de la camisa. Mortadelo y Superlópez. El caos y el sueño. Y en cada quiosco de este país se libró, sin que nadie lo declarara oficialmente, una guerra fría entre los dos.

Hoy, en Tebeitos, vamos a echar leña a esa hoguera.

En la esquina del desastre: Mortadelo

El 20 de enero de 1958, en las páginas de la revista Pulgarcito, un señor de Barcelona llamado Francisco Ibáñez soltó al mundo a dos desgraciados con muy buena fe y muy mala suerte. Filemón, el jefe cascarrabias de dos pelos. Mortadelo, el alto, calvo y capaz de disfrazarse de cualquier cosa con tal de fastidiarla todavía más.

Ibáñez sabía de lo que hablaba: antes de vivir del lápiz se había pasado años en un banco, donde sus jefes lo cazaban una y otra vez “haciendo dibujitos” en lugar de trabajar. De esa España gris de oficinas y jefes con mala leche nació todo. En 1969 los metió en la T.I.A. —esa agencia secreta más peligrosa para sus propios agentes que para el enemigo— y ya no hubo quien los parara.

Mortadelo no era un héroe. Era nosotros en nuestro peor día, multiplicado por mil, con un mazazo en la cabeza al final de cada página. Y por eso lo queríamos tanto.

En la esquina del sueño: Superlópez

Quince años después de Mortadelo, en 1973, otro genial dibujante, Jan —Juan López para los amigos—, hizo algo distinto. En vez de reírse de nosotros, se rió con nosotros y de paso de todo el tinglado de los superhéroes americanos que empezaban a llegar.

Su criatura era Juan López: un oficinista normal, con su trabajo aburrido, su jefe insoportable y su rutina de tranvía y fichar. Solo que Juan López, en secreto, era Superlópez. Capa roja, vuelo torpe y un origen extraterrestre tan ridículo como entrañable. Era Supermán, sí, pero pasado por el filtro de la España de barrio, de la cola del mercado y del “no llego a fin de mes”.

Curiosamente, antes de inventarse a su superhéroe, el propio Jan se ganó el pan dibujando material de… Mortadelo y Filemón para Bruguera. Los dos mundos siempre estuvieron más cerca de lo que parecía.

El combate, asalto por asalto

Por las risas puras. Aquí no hay color. Mortadelo es la carcajada limpia, el cataclismo en cada viñeta, el humor que entendía igual un niño de seis años que su abuelo. Punto para los agentes de la T.I.A.

Por la ternura. Superlópez gana de calle. Mortadelo te hacía reír; Superlópez te hacía sentir que el pringado de la oficina, ese que se parecía sospechosamente a tu padre, también podía ser especial. Había melancolía debajo de la capa. Había corazón.

Por sentirte identificado. Empate técnico, pero por motivos opuestos. Con Mortadelo te reconocías en el desastre. Con Superlópez te reconocías en la doble vida: la persona normal de fuera y el héroe que crees ser por dentro.

Por las aventuras. Superlópez tenía tramas más largas, más cuidadas, más de “novela”. Mortadelo era puro gag, traca tras traca. Según el día te apetecía una cosa o la otra, como elegir entre un sobre de cromos o un tebeo entero.

Por dejar huella. Y aquí está la trampa de la pregunta. Mortadelo se convirtió en el cómic español, el que todo el mundo conocía aunque no leyera tebeos. Pero Superlópez tiene una cosa que Mortadelo nunca tuvo: ser el héroe que España se inventó para no tener que pedirle prestado el suyo a nadie.

El veredicto (que no te va a gustar)

No hay ganador. Y esa es justo la gracia.

Mortadelo era lo que éramos: el lío, el golpe, la torpeza con la que íbamos por la vida. Superlópez era lo que soñábamos ser: alguien normal que, en el fondo, guardaba un secreto extraordinario.

Por eso convivían en el mismo quiosco sin matarse. No competían. Se completaban. Uno te bajaba a tierra de un mamporrazo y el otro te dejaba volar un rato. Y los dos, cada uno a su manera, te hacían más llevadera esa España en blanco y negro que veías por la ventana.

Así que la pregunta de verdad no es cuál era mejor.

Es: ¿tú de cuál eras?


¿Equipo Mortadelo o equipo Superlópez? Y si te ha entrado el gusanillo de volver a tenerlos en las manos, las dos series se siguen reeditando hoy en tomos preciosos —los Súper Humor de toda la vida— perfectos para releer de mayor “no por nostalgia, sino por placer”.